¿Sabías que, mientras que muchas patologías y traumatismos inducen un estado rápido de inconsciencia que protege al cerebro del trauma, existen situaciones o accidentes que pueden causar una agonía insoportable al ser humano antes de morir?

Hablamos de las «peores» formas de morir que puede sufrir un ser humano y la ciencia médica, la patología forense y la fisiología se basan en la forma en que el cuerpo procesa el daño a nivel celular y neurológico para catalogarlas.

Una muerte es científicamente considerada como «catastrófica» para el paciente cuando se dan tres factores biológicos clave que impiden que los mecanismos naturales de defensa del cuerpo, como el shock o el desmayo, entren en acción para mitigar el sufrimiento:

  • Nocicepción descontrolada: la activación máxima y simultánea de los nociceptores, los receptores sensoriales del dolor en la piel, en los órganos y en los tejidos, sin llegar a la destrucción inmediata de las vías nerviosas.
  • Preservación del estado de consciencia: la incapacidad del cerebro para apagar la consciencia debido a la falta de un trauma craneal directo o a una pérdida inmediata de presión arterial, lo que obliga a la persona a procesar cada estímulo.
  • Duración temporal del colapso: el tiempo prolongado, desde minutos hasta meses, que tarda el organismo en alcanzar el fallo multiorgánico sistémico y la muerte cerebral.

Si quieres saber cuáles son esas muertes tan «terribles», sigue leyendo porque te daremos los detalles de cada una.

1. Síndrome de Irradiación Aguda (ARS severo)

La exposición masiva a radiación ionizante (rayos gamma o neutrones) que atraviesa los tejidos físicos actúa como una ráfaga microscópica que destroza las cadenas de ADN dentro de las células y elimina, por completo, su capacidad para dividirse y para regenerarse.

Los tejidos con mayor tasa de renovación celular son los primeros en desaparecer; por ejemplo, la mucosa del tracto intestinal se desprende, la piel se licúa y se cae, y la médula ósea muere, dejando al cuerpo con cero glóbulos blancos.

Al final, el organismo pierde la capacidad de cicatrizar, sangrando internamente por múltiples vías.

Además, a diferencia de otros tejidos, las neuronas y las fibras nerviosas no se dividen rápidamente, por lo que sobreviven a la radiación inicial. Esto significa que los receptores del dolor permanecen activos y transmiten al cerebro intacto el dolor absoluto de la necrosis sistémica de los músculos y la piel.

La agonía puede durar días o, incluso, meses antes de que un fallo multiorgánico masivo ponga fin al proceso.

2. Quemaduras térmicas extensas de tercer y de cuarto grado

La exposición prolongada a altas temperaturas destruye la barrera cutánea y las vías respiratorias, lo que causa una agonía insoportable a la víctima.

La primera fase letal suele ser la inhalación de gases a cientos de grados que quema la tráquea y los pulmones instantáneamente, provocando que los pulmones se llenen de líquido inflamatorio que causa asfixia. Al mismo tiempo, la pérdida de la piel hace que los fluidos corporales se evaporen rápidamente hasta provocar que el cuerpo pierda una gran cantidad de líquidos.

Además, el cerebro recibe una sobrecarga sensorial tan masiva que el cuerpo entra en shock neurogénico mientras la víctima sufre el pánico incontrolable de la asfixia por tener la vía aérea colapsada.

3. Descompresión explosiva (barotrauma hiperagudo)

La descompresión explosiva ocurre en accidentes de buceo profundo, en cámaras hiperbáricas o en entornos aeroespaciales cuando ocurre una caída instantánea y masiva de la presión ambiental en fracciones de segundo.

Según la ley de Henry, los gases disueltos en los fluidos corporales, como el nitrógeno en la sangre, se expanden súbitamente cuando la presión cae, de modo que la sangre humana, literalmente, hierve a temperatura corporal y los órganos llenos de aire, como los pulmones y el tracto gastrointestinal, se expanden más allá de su límite elástico y estallan.

Además, en casos extremos, la presión hace que la sangre y los tejidos blandos salgan expulsados, violentamente, por los orificios corporales.

Si la diferencia de presión es extrema, el cerebro es destruido en milisegundos, por lo que no hay dolor; sin embargo, en descompresiones ligeramente más lentas, sientes la expansión de los pulmones, la ruptura de los tímpanos, la ebullición del líquido en los ojos y la formación de burbujas en las articulaciones y en el cerebro durante unos 10 a 15 segundos antes de perder la consciencia por la hipoxia.

4. Asfixia por confinamiento prolongado (enterramiento vivo)

Estar atrapado en un espacio cerrado y muy reducido es un proceso fisiológico agónico debido a la química de nuestra propia respiración.

A medida que la persona respira, consume oxígeno y exhala dióxido de carbono que se acumula hasta alcanzar niveles tóxicos; en poco tiempo, la sangre, literalmente, se vuelve más ácida y altera el funcionamiento de todas las células del cuerpo.

Como el cerebro humano no tiene sensores para detectar que le falta oxígeno, pero sí tiene una alarma extremadamente sensible para detectar el exceso de dióxido de carbono en la sangre, el tronco encefálico activa una respuesta de pánico autonómico y la persona experimenta «sed de aire» insoportable, taquicardia severa y convulsiones.

Lo realmente aterrador de esta muerte es que la persona se mantiene plenamente consciente y aterrorizada durante minutos u horas antes de caer, finalmente, en un coma hipercápnico.

5. Ahogamiento en agua salada

Fisiológicamente, ahogarse en el mar es un proceso mucho más destructivo y prolongado que hacerlo en una piscina o en un lago de agua dulce, y la diferencia radica en la concentración de sal.

Cuando el agua salada entra en los pulmones, el cuerpo intenta equilibrar la concentración de sal a través de un proceso llamado ósmosis. Para diluir la sal del mar alojada en los alvéolos, los saquitos de los pulmones donde entra el aire, extrae agua de su propia sangre hacia el interior de los pulmones, lo que genera un edema pulmonar masivo.

Eso significa que los pulmones se encharcan rápidamente con el plasma sanguíneo de la propia persona y, a su vez, la sangre se vuelve espesa y al corazón le cuesta mucho más bombearla; sin embargo, el agua salada permite que el corazón siga latiendo más tiempo, prolongando el tiempo en el que la víctima está consciente.

Al final, experimentas la sensación de asfixiarte con tus propios fluidos corporales durante varios minutos.

6. Intoxicación por venenos tetanizantes (estricnina o tétanos fulminante)

Existen toxinas en la naturaleza y en la química clínica que «encienden» el cuerpo al máximo nivel posible, lo que provoca una sobrecarga motora letal.

Sin la señal cerebral que les dice a los músculos que se relajen, todos los grupos musculares del cuerpo se contraen simultáneamente con su fuerza máxima hasta producir espasmos violentos y el cuerpo adquiere una postura rígida llamada opistótonos, en la que la espalda se arquea hacia atrás de forma tan extrema que solo los talones y la nuca tocan el suelo.

La fuerza de los propios músculos es tan brutal que puede llegar a desgarrar tendones y fracturar los huesos, pero lo más espeluznante de este proceso es que la toxina no afecta el nivel de consciencia ni la sensibilidad.

El cerebro de la víctima está 100 % lúcido y procesa cada gramo de dolor producido por los calambres extremos y por las posibles fracturas hasta que el diafragma y los músculos del tórax se bloquean por completo, e impiden que se pueda tomar aire.

7. Deshidratación extrema en entornos áridos

Al no haber líquidos que reponer, el organismo hace que la sangre pierda agua y se vuelva mucho más densa y viscosa, por lo que el corazón debe trabajar el doble para bombear un líquido espeso, provocando caídas de presión arterial.

Al mismo tiempo, los riñones dejan de filtrar desechos para retener hasta la última gota de orina, lo que provoca una acumulación peligrosa de toxinas nitrogenadas en la sangre que envenenan los órganos.

Además, la piel se deshidrata hasta agrietarse, la boca produce heridas y el cuerpo pierde la capacidad de sudar hasta que sufre una hipertermia descontrolada, donde la temperatura interna se dispara y, literalmente, cocina los órganos.

El cerebro es uno de los órganos con mayor porcentaje de agua y, ante la falta de líquido, las células cerebrales sufren deshidratación y el tejido cerebral se contrae físicamente, apartándose de las paredes internas del cráneo. Esta tracción mecánica sobre las membranas protectoras que envuelven el cerebro provoca dolores de cabeza insoportables, convulsiones, delirios violentos y alucinaciones visuales y auditivas antes de que la persona caiga en coma urémico.

8. Inanición y caquexia prolongada

La muerte por falta de alimento es un proceso que puede durar semanas y durante el cual el organismo consume sus propias estructuras vitales para seguir funcionando.

Cuando el cuerpo agota las reservas de glucosa y de tejido graso, activa un mecanismo extremo de supervivencia llamado autofagia catabólica, donde el organismo empieza a «comerse» su propia masa muscular para obtener aminoácidos; al degradarse los músculos, el cuerpo ataca los órganos internos, como el hígado, el bazo y el aparato digestivo, que reducen su tamaño a la mitad.

Con el tiempo, el organismo empieza a degradar las proteínas del propio corazón, adelgazando las paredes cardíacas, y, paralelamente, el sistema inmunitario colapsa por completo, lo que provoca infecciones comunes e inflamaciones gastrointestinales.

Además, durante las primeras fases, los dolores abdominales por calambres gástricos y la sensación de vacío visceral son continuos, y, conforme avanza el estado, la falta de sales minerales genera calambres musculares involuntarios en todo el cuerpo.

Al final, se pierde la capacidad de regular la temperatura corporal y se experimenta una sensación constante de frío punzante acompañada de letargo, de apatía extrema y de dolor óseo generalizado hasta que el corazón se detiene.

9. Sepsis fulminante y fascitis necrosante

Conocida popularmente como la infección por «bacterias devoradoras de carne», este cuadro clínico combina una infección bacteriana agresiva con la autodestrucción del propio sistema inmunitario.

Las bacterias liberan enzimas que disuelven el tejido conectivo que envuelve los músculos y los vasos sanguíneos, y, al avanzar, provocan que el tejido vivo pierda irrigación sanguínea y se pudra rápidamente.

En respuesta a esta invasión, el sistema inmunológico hace una liberación masiva y desordenada de sustancias inflamatorias que destruye los capilares sanguíneos en todo el cuerpo, lo que provoca un shock séptico en el que la presión arterial se desploma y los órganos dejan de recibir oxígeno.

Lo más doloroso es que la inflamación masiva hace que los nervios locales queden tan expuestos que hasta el roce de una sábana causa un dolor insoportable; además, la persona permanece consciente mientras experimenta la asfixia del tejido vivo y un dolor inflamatorio generalizado hasta que el fallo multiorgánico nubla la consciencia y provoca la muerte.

10. Hipotermia profunda a la intemperie

La muerte por frío extremo involucra fases fisiológicas de agonía física y de desintegración cognitiva, ya que el sistema circulatorio cierra los vasos sanguíneos de manos, de pies, de orejas y de nariz para enviar toda la sangre caliente a los órganos vitales.

La primera fase provoca un dolor agudo y punzante en las extremidades, muy parecido a quemaduras profundas, y, a medida que el cerebro se enfría, se altera la neurotransmisión y aparecen la rigidez motora, la apatía y la desorientación severa.

En la etapa terminal, el centro termorregulador del hipotálamo falla y los vasos periféricos se abren súbitamente en una vasodilatación masiva, lo que provoca una falsa sensación de calor abrasador (tan fuerte que sientes la necesidad de desnudarte) hasta que el cerebro colapsa y el corazón deja de latir.

El análisis científico de estas diez causas de muerte nos permite entender que los escenarios más terroríficos pueden ocurrir cuando estás más lúcido que nunca mientras los tejidos y los órganos colapsan.

Sin embargo, también, han permitido el desarrollo de la anestesiología moderna, de la medicina de emergencias y de los cuidados paliativos para asegurar que nuestros últimos momentos sean lo menos agónicos posible.