Al imaginar la tortura en épocas pasadas, solemos pensar en mazmorras oscuras y en verdugos desquiciados; sin embargo, la realidad es que los castigos en la antigüedad eran un procedimiento legalizado (como lees), burocrático y regulado por los códigos de cada civilización.
De hecho, en el mundo antiguo, el dolor corporal cumplía dos funciones muy claras:
- Era la vía rápida para forzar una confesión. Durante siglos, la admisión de culpa fue considerada el requisito indispensable para cerrar una causa penal.
- Era el castigo ejemplarizante impuesto por el Estado. No se buscaba información, sino mostrar qué le ocurría a quien desafiara el orden sagrado o político.
A pesar de ser legales, la historia antigua está llena de castigos y de torturas tan brutales que cuesta creer que pudieran aplicarse y hablaremos de ellas aquí.
En este artículo, conocerás prácticas tan sádicas como el empalamiento protector de tumbas en el Antiguo Egipto, los tormentos procesales y las leyendas como el Toro de Fálaris en Grecia, el rigor penal de Roma y los suplicios en la Edad Media.
Antiguo Egipto
El sistema legal egipcio giraba en torno al Ma’at, el concepto de la armonía, de la verdad y del orden cósmico; por eso, cometer un delito grave desequilibraba el universo y ofendía a los dioses, de modo que los castigos físicos tenían un fuerte componente espiritual:
Empalamiento (jerj)
El empalamiento egipcio, conocido históricamente como jerj, era un método de ejecución y de tortura extrema que consistía en ensartar al condenado en una estaca de madera, lo que garantizaba una muerte agónica y la destrucción del cuerpo, impidiendo el acceso a la vida eterna.
Este suplicio no distinguía clases sociales y se aplicaba a prisioneros de guerra rebeldes, a instigadores de alta traición contra el faraón y a los profanadores de tumbas reales y a los ladrones de templos.
A diferencia de las versiones medievales donde la estaca solía introducirse por el recto, la iconografía y los textos egipcios sugieren que la víctima solía ser atravesada por el abdomen o por el tórax antes de alzar la pica de madera y clavarla en el suelo.
El peso del propio cuerpo y la gravedad hacían que el madero desgarrara los órganos internos lentamente, provocando una muerte por hemorragia y un shock que podía tardar horas; además, el cadáver quedaba expuesto a las aves carroñeras, lo que suponía la verdadera condena: la aniquilación total del alma.
Mutilaciones corporales y exilio
Las mutilaciones penales en el Antiguo Egipto, especialmente, la amputación de la nariz y de las orejas, marcaban de por vida al criminal. Más que la muerte, este castigo buscaba la humillación pública permanente y solía acompañarse del exilio a minas o a fortalezas fronterizas, como las canteras del Sinaí, Nubia y colonias penitenciarias aisladas de la sociedad del Nilo.
En el antiguo Egipto, este castigo se aplicaba a ciudadanos, a funcionarios del gobierno y a militares que hubieran cometido actos de corrupción grave, perjurio ante un tribunal, conspiración de bajo nivel o adulterio.
Los verdugos y los cirujanos del Estado hacían cortes limpios con cuchillos de bronce o cobre para amputar los apéndices faciales, principalmente nariz y orejas, y las heridas se cauterizaban para evitar que el condenado muriera desangrado, ya que el objetivo de la pena no era letal.
De hecho, el individuo debía sobrevivir para llevar su estigma visible por el resto de sus días, perdiendo su estatus, su honor y, a menudo, su verdadero nombre, que era reemplazado por sobrenombres.
Antigua Grecia
En la antigua Grecia, los ciudadanos libres de una polis como Atenas disfrutaban de una estricta protección física frente a la violencia del Estado, mientras que los esclavos eran considerados poco más que herramientas vivas cuyo testimonio solo tenía valor si se arrancaba a través del dolor; por eso, idearon castigos y torturas para cumplir ese cometido:
Toro de Fálaris
El Toro de Fálaris era un artefacto de suplicio ideado en el siglo VI a.C. en Acragas (actual Agrigento, Sicilia) y consistía en una figura hueca de bronce donde se encerraba al condenado mientras se encendía fuego debajo, abrasándolo vivo en su interior.
Este no era un castigo contemplado en códigos de leyes democráticos, sino un instrumento de terror político empleado por Fálaris para ejecutar a opositores, a nobles conspiradores y a rivales que pusieran en peligro su mandato.
Básicamente, la víctima era introducida por una trampilla en el lomo del animal metálico y, debajo del vientre de bronce, se encendían piras de leña para convertir la escultura en un horno abrasador.
Lo más siniestro del diseño, ideado por el escultor ateniense Perilao para agradar al tirano Fálaris, era un sistema de conductos acústicos en la cabeza del toro que distorsionaban los alaridos agónicos de la víctima para hacerlos salir por la boca del artefacto como bramidos salvajes; además, el humo se filtraba perfumado con incienso para la audiencia.
Apotimpanismo
El apotimpanismo era el método oficial de ejecución judicial en la Atenas clásica, donde el reo era atado o clavado por el cuello, por las muñecas y por los tobillos a un tablón de madera (tympanon), y expuesto a la intemperie hasta su fallecimiento.
Esta era la pena capital más común para criminales comunes peligrosos (kakourgoi), como ladrones nocturnos sorprendidos in fraganti, piratas, salteadores de caminos y profanadores de templos.
El condenado era fijado desnudo a un tablón vertical mediante aros metálicos o grilletes de hierro alrededor del cuello y de las extremidades, y la causa de la muerte solía ser una combinación lenta de deshidratación extrema, de insolación de día, de hipotermia de noche y de asfixia postural progresiva conforme los músculos cedían.
En ocasiones, para aliviar el tormento tras días de agonía pública, el verdugo estrangulaba al reo apretando el collarín de hierro contra el madero.
Basanos
La basanos era el procedimiento legal ateniense por el cual el testimonio de una persona esclavizada (douloi) solo se consideraba veraz y admisible en juicio si se obtenía bajo tortura física previa, una norma sistemática del derecho ático.
Los ciudadanos libres jamás podían ser sometidos a la basanos, ya que su palabra bajo juramento bastaba ante el tribunal. Esto era así porque la ley griega partía del principio de que el esclavo siempre mentiría para complacer a su amo a menos que el dolor físico superara el miedo al castigo doméstico.
La ley autorizaba el uso de azotes con látigos de cuero, estiramientos de extremidades en cabrestantes o la aplicación de planchas calientes; además, el interrogatorio lo hacían peritos públicos o torturadores designados en presencia de los representantes de ambas partes litigantes, registrando, por escrito, cada respuesta mientras se infligía el castigo.
Antigua Roma
En Roma, la justicia era muy clasista, pues la sociedad se dividía entre los honestiores (ciudadanos nobles y élites) y los humiliores (plebeyos, extranjeros y esclavos); por esa razón, un senador podía ser condenado a un exilio cómodo o a un suicidio honroso sin dolor, mientras que las clases bajas sufrían todo tipo de torturas y de castigos:
Crucifixión
La crucifixión era un castigo capital diseñado para maximizar el dolor físico y la humillación pública que consistía en clavar o en atar al reo a una cruz de madera, donde fallecía tras una agonía larga provocada por asfixia, por deshidratación y por agotamiento.
Conocida como el supplicium servile (el suplicio de los esclavos), esta tortura estaba prohibida para los ciudadanos romanos, independientemente de su crimen, y se reservaba a piratas, esclavos rebeldes y provincianos acusados de sedición o alta traición contra el Imperio.
El proceso comenzaba con la flagelación del reo y, tras ello, se le obligaba a cargar con el travesaño horizontal (patibulum) hasta el lugar de ejecución; ahí, se ensamblaba al poste vertical (stipes) clavado previamente en el suelo. Los clavos de hierro atravesaban las muñecas y los talones, de modo que la muerte no se producía por pérdida de sangre, sino por asfixia posicional.
Para poder respirar, el condenado debía elevarse apoyándose en los clavos de los pies, un esfuerzo que, eventualmente, los agotaba hasta la muerte, aunque, para acelerarla, se practicaba el crurifragium, que consistía en quebrar las piernas del reo con un mazo para que no pudiera apoyarse y se asfixiara rápidamente.
Poena cullei (pena del saco)
La poena cullei era la sentencia letal romana para el parricidio en la que el condenado era cosido vivo dentro de un gran saco de cuero hermético junto a varios animales vivos y arrojado a un río o al mar.
Para los romanos, matar al pater familias (el cabeza de familia) era un delito contra el orden natural y los cimientos de la propia sociedad, lo que exigía un castigo purificador y monstruoso.
Tras ser azotado con varas, al reo, se le cubría el rostro con una piel de lobo y, después, era introducido en un saco de cuero de buey (culleus) en compañía de un perro, de un gallo, de una víbora y de un mono vivos. El saco se cosía y, finalmente, se arrojaba al Tíber o al océano.
El objetivo era que el asesino muriera ahogado y atacado por los animales en pánico sin tocar la tierra que había mancillado y el agua que lo rodeaba, o ver el cielo para privarlo de una sepultura y para borrarlo de los elementos naturales.
Damnatio ad bestias (ejecución ritual en la arena)
La damnatio ad bestias era una condena a muerte ejecutada en los anfiteatros, donde el criminal, desnudo, desarmado o atado a un poste, era devorado, públicamente, por fieras salvajes (leones, osos, leopardos…) como parte del entretenimiento.
Este castigo se aplicaba a los noxii (los peores criminales de los estratos más bajos), a los desertores del ejército, a los esclavos fugitivos y a los cristianos durante las purgas imperiales, que eran acusados de subvertir el orden estatal y de negar la religión oficial.
Estas ejecuciones solían programarse al mediodía como un intermedio entre las cacerías de animales de la mañana y los combates de gladiadores de la tarde; además, en ocasiones, se disfrazaba a los condenados de personajes mitológicos y se recreaban fábulas donde el protagonista acababa devorado, usando trampillas mecánicas y decorados en la arena.
Edad Media
La tortura en la Europa medieval fue un proceso burocrático y regulado por la ley, ya que los jueces medievales no buscaban provocar la muerte del interrogado o causarle mutilación permanente o derramamiento de sangre significativo:
Garrucha (strappado) y tormento del agua
La garrucha (strappado) y el tormento del agua fueron dos de los procedimientos de interrogatorio judicial más extendidos en la Europa medieval y moderna, y ambos buscaban forzar la confesión mediante un dolor extremo sin desgarrar la carne o provocar heridas abiertas visibles.
El derecho exigía que existieran indicios graves, como dos testigos fiables o pruebas materiales sustanciales, antes de someter a alguien al tormento y se empleaban ante sospechas de herejía, de brujería, de conspiración política o de delitos graves de sangre.
En la garrucha, se ataban las manos del sospechoso a su espalda y se pasaba una cuerda por una polea fijada en el techo. El verdugo izaba a la víctima en el aire y la dejaba caer en seco, frenando la cuerda antes de tocar el suelo, y el impacto desgarraba y dislocaba las articulaciones de los hombros bajo el propio peso del cuerpo.
En el tormento del agua, se tendía al reo en un banco inclinado con la cabeza más baja que los pies y, con la boca abierta forzada por un abridor metálico, se introducía una gasa o tela delgada (toca) en la garganta y se vertían, lentamente, jarras continuas de agua.
Como la tela retenía el líquido, provocaba una sensación real de ahogamiento y de asfixia pulmonar sin causar daños externos.
Rueda de despedazar
La rueda de despedazar (radbrechen) era una pena capital agravada y pública de extrema violencia diseñada para crímenes atroces en la que se quebraban los huesos del condenado y se le exponía sobre una rueda en lo alto de un poste.
Esta tortura Estaba reservada para los criminales más repudiados por la comunidad, como asesinos confesos a traición, asaltantes de caminos violentos, parricidas y regicidas.
El reo era atado sobre el cadalso o sobre una cruz de San Andrés de madera en el suelo, y el verdugo usaba una rueda de carro pesada, reforzada con placas de hierro, o una barra metálica para partir, uno a uno, los huesos largos de las extremidades, como pantorrillas, muslos, antebrazos y brazos sin golpear el torso o la cabeza para mantener con vida al reo.
Con el cuerpo totalmente descoyuntado y quebrado, se entrelazaban los miembros entre los radios de la rueda, que era izada, horizontalmente, sobre un poste de varios metros, y la víctima agonizaba durante horas expuesta a los cuervos, a la deshidratación y al shock hipovolémico.
Como ves, la tortura en la antigüedad funcionó como un engranaje estatal en el que el dolor físico fue el instrumento para forzar confesiones, para castigar la rebelión y para reafirmar la autoridad de faraones, de emperadores y de tribunales.
Sin embargo, el colapso de este sistema llegó en el siglo XVIII gracias a las opiniones de ilustrados como Cesare Beccaria, quien decía que el tormento no mide la culpabilidad ni la inocencia, sino, únicamente, la resistencia física del reo.
Bajo suplicio, el inocente débil confesaba cualquier crimen falso, mientras que el culpable robusto burlaba la ley gracias a su fortaleza corporal.
Además, el abandono de estos métodos y la posterior conquista de la presunción de inocencia marcaron el nacimiento de la justicia moderna, por lo que el cuerpo humano dejó de ser el lienzo del castigo soberano para consolidarse como un límite inviolable ante el poder del Estado.



























