El Día de Muertos es una celebración que tiene su origen en una convicción ancestral compartida: los difuntos no se marchan para siempre, pues regresan, temporalmente, al mundo terrenal para convivir con los vivos y para nutrirse de la esencia de aquello que amaron.
Reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la fiesta fusiona rituales precolombinos mesoamericanos con festividades católicas novohispanas y se celebra los días 1 y 2 de noviembre para honrar la memoria de los difuntos mediante altares de ofrendas, visitas a panteones y rituales comunitarios.
Además, su historia es una combinación de elementos que comenzó en los inframundos nahuas y mayas, absorbió el santoral católico virreinal, adoptó la sátira política en el siglo XIX y, hoy, asimila la cultura pop global sin perder su esencia, que es recordar para mantener con vida.
Acompáñanos a conocerla.
Era Prehispánica: el Mictlán y la muerte como tránsito cósmico
Para los pueblos originarios de Mesoamérica, principalmente, mexicas, mayas, mixtecos y zapotecos, morir constituía un cambio de estado dentro del orden universal y una transición necesaria en el ciclo eterno de regeneración del cosmos y de la tierra.
En el mundo prehispánico, el destino del alma estaba determinado, exclusivamente, por la forma en que la persona fallecía:
- El Tlalocan (paraíso del dios Tláloc), vegetación perpetua y abundancia: reservado para quienes perecían por el agua, por los ahogamientos o por el impacto de un rayo, así como para víctimas de ciertas enfermedades cutáneas.
- El Omeyocan o Ilhuícatl-Tonatiuh (cielo del Sol): destinado a los guerreros caídos en combate y a las mujeres que morían durante el parto (mocihuaquetzque), consideradas guerreras por dar su vida al traer al mundo a un futuro combatiente. En este caso, tras cuatro años de acompañar al Sol en su trayecto celeste, sus almas regresaban a este plano convertidas en colibríes y en mariposas multicolores.
- El Chichihuacuauhco: espacio para los niños pequeños que fallecían antes de ser destetados; allí, crecía un árbol místico que daba leche para alimentarlos mientras esperaban una nueva oportunidad para habitar el mundo.
- El Mictlán: destino al que llegaba la gran mayoría de las personas que morían de vejez o por causas naturales.
Durante los ritos funerarios, las familias enterraban a sus muertos acompañados de vasijas de barro, de alimentos, de semillas, de herramientas de trabajo, de piedras de jade y de figurillas votivas elaboradas con masa de amaranto y con miel (tzoalli), que pueden considerarse los precursores conceptuales de los elementos que, siglos más tarde, conformarían el altar mestizo.
Esto se hacía así porque el alma del difunto debía emprender un viaje agotador de cuatro años a través de nueve niveles o estratos subterráneos; en ese viaje, debía superar obstáculos como montañas que chocaban entre sí, desiertos de vientos gélidos cargados de navajas de obsidiana y ríos caudalosos.
Además, los ritos se hacían a finales del verano, sincronizados con el ciclo del maíz y con la cosecha agrícola:
- Miccailhuitontli (fiesta de los muertos pequeños): celebrada durante el noveno mes del calendario náhuatl (Tlaxochimaco, aproximadamente en agosto) para honrar la memoria de los infantes difuntos mediante ofrendas florales y cantos.
- Huey Miccailhuitl (gran fiesta de los muertos): realizada durante el décimo mes (Xócotl huetzi) para consagrar a los adultos fallecidos y a las divinidades de la agricultura y de la fertilidad.
Siglo XVI al XVIII: el gran mestizaje y el sincretismo religioso
Frente a la resistencia de las comunidades indígenas a abandonar el culto a sus antepasados, los frailes recurrieron a una estrategia de asimilación cultural. En lugar de erradicar los ritos autóctonos de raíz, los reinterpretaron e insertaron dentro del calendario litúrgico de la Iglesia católica.
Entonces, las autoridades eclesiásticas trasladaron las antiguas ceremonias nahuas dedicadas a los muertos, que, tradicionalmente, se realizaban durante el noveno y el décimo mes solar mesoamericano (agosto), para hacerlas coincidir, de manera estricta, con los primeros dos días de noviembre.
Además, las costumbres indígenas se mezclaron con las tradiciones hispanas del sur de Europa.
Por ejemplo, en los altares, se ponían cruces de madera, imágenes de la Virgen María y de santos patronos, reliquias, manteles blancos bordados, ceras y veladoras para celebrar a Cristo como «luz del mundo» junto con resina de copal para ahuyentar a los malos espíritus, con caminos de pétalos de cempasúchil para orientar a las ánimas y con petates de tule como base sobre la tierra.
Incluso, de esta combinación, surgió el altar escalonado, donde los niveles pasaron a representar tanto los planos celestiales y los terrenales de la cosmovisión mesoamericana como la tríada católica de cielo, de purgatorio y de tierra.
A finales del siglo XVIII, el Día de Muertos en el Virreinato de la Nueva España era ya un espacio donde la liturgia contrarreformista y las devociones rurales indígenas convivían bajo una misma mesa servida.
Siglo XIX y principios del XX: la secularización y el nacimiento de La Catrina
Con la promulgación de las Leyes de Reforma impulsadas por el presidente Benito Juárez, se construyeron grandes panteones civiles extramuros (como el Panteón Francés o el Panteón Civil de Dolores en la capital). A partir de ese momento, la costumbre de acudir a visitar a los muertos los días 1 y 2 de noviembre se convirtió en una auténtica tradición popular.
Las familias acudían a limpiar lápidas, a deshierbar los terrenos y a pintar las cruces de hierro o de madera; además, se popularizó la costumbre de pernoctar o de pasar el día entero al pie de las tumbas, compartiendo comida, música, aguardiente y flores de cempasúchil, directamente, sobre la tierra del cementerio.
En esta época, también, el muralista Diego Rivera concibió La Catrina, uno de los elementos más representativos del Día de Muertos. A partir de la Calavera Garbancera que ideó José Guadalupe Posada, el artista le dio cuerpo y la vistió con un elegante atuendo de la alta sociedad porfiriana de principios de siglo, y sustituyó las plumas del sombrero por una serpiente emplumada alrededor del cuello.
Rivera la bautizó, formalmente, como «La Catrina» en referencia a los catrines (hombres aristócratas y dandis vestidos de manera impecable) y, a partir de esa reinterpretación artística, se convirtió en el rostro gráfico y estético más universal de la festividad mexicana.
Finales del siglo XX (1970–2003)
Durante la segunda mitad del siglo XX, el Día de Muertos pasó de ser una serie de ritos domésticos, locales o comunitarios a un estandarte de la identidad nacional mexicana en el mundo.
A partir de la década de 1970, el Estado mexicano y las agencias de turismo comenzaron a visibilizar y a promover las celebraciones de ciertas comunidades rurales que habían conservado sus ritos mortuorios, de modo que la festividad comenzó a atraer a familias locales, a fotógrafos, a investigadores y a turistas internacionales.
De hecho, ciertas regiones se consolidaron como destinos icónicos de turismo cultural:
- Zona lacustre de Michoacán (Pátzcuaro, Janitzio y Tzintzuntzan): es famosa por la velación nocturna de los pescadores purépechas, quienes iluminan el lago con antorchas en sus balsas y adornan los panteones insulares con arcos monumentales de cempasúchil.
- San Andrés Mixquic (Ciudad de México): es un pueblo originario en la alcaldía Tláhuac que, al apagar las luces públicas el 2 de noviembre, ilumina su cementerio, únicamente, con miles de cirios para crear la célebre «alumbrada».
- Huasteca y Xantolo: en los estados de San Luis Potosí, de Veracruz, de Hidalgo y de Tamaulipas, se organiza una celebración ruidosa y carnavalesca, con danzas de enmascarados (huehues) que bailan por las calles para burlar a la muerte al son del huapango.
A medida que la globalización y las festividades anglosajonas como el Halloween ganaban popularidad en las zonas urbanas de México, las instituciones culturales redoblaron esfuerzos para proteger el Día de Muertos y el reconocimiento definitivo llegó a principios del siglo XXI.
El 7 de noviembre de 2003, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) proclamó a las festividades indígenas dedicadas a los muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad; posteriormente, en 2008, la celebración quedó inscrita, formalmente, en la lista representativa.
Con esta declaratoria, el Día de Muertos se convirtió en un legado protegido y admirado a escala global.
Siglo XXI: globalización, Hollywood y megadesfiles
Hasta mediados de la década de 2010, no existía en la Ciudad de México ningún desfile masivo de Día de Muertos por las avenidas principales y la conmemoración capitalina se concentraba en las ofrendas del Zócalo, en las exposiciones universitarias (como la Megaofrenda de la UNAM) y en las visitas a los panteones comunitarios como Mixquic.
Sin embargo, eso cambió con el rodaje de la película de Hollywood Spectre, de la saga James Bond.
En la secuencia inicial de acción, el agente 007 persigue a un villano en medio de una multitudinaria procesión por el Centro Histórico rodeado de comparsas, de calaveras gigantes de cartonería y de carros alegóricos con estética de carnaval caribeño o veneciano.
El impacto visual a nivel internacional fue tal que, en 2016, el Gobierno de la Ciudad de México y la Secretaría de Turismo organizaron el primer Gran Desfile de Día de Muertos reutilizando utilería original de la película. El evento se convirtió en un éxito rotundo y, a la fecha, reúne anualmente, a millones de personas a lo largo de Paseo de la Reforma y el Centro Histórico.
Además, con el lanzamiento de Coco, Disney educó al público internacional, y a nuevas generaciones de hispanohablantes, sobre el significado espiritual e íntimo del altar mexicano durante el Día de Muertos:
- El puente de cempasúchil. La metáfora visual de los pétalos anaranjados como un puente transitable entre la tierra de los vivos y el mundo de los muertos.
- El valor de la fotografía en el altar. La explicación narrativa de que un alma solo puede cruzar si alguien en el mundo de los vivos coloca su retrato y mantiene viva su memoria.
- La figura del Xoloitzcuintle. El personaje de Dante muestra el papel milenario de este perro como guía espiritual.
- «La última muerte». La idea filosófica de que el verdadero final no es la muerte física del cuerpo, sino el olvido definitivo por parte de quienes siguen con vida.
Las nuevas generaciones no han desvirtuado el rito, sino que lo han revitalizado con sus propios lenguajes estéticos y con las herramientas digitales, lo que ha expandido el orgullo identitario más allá de las fronteras de México.
Además, en una sociedad contemporánea que, con frecuencia, intenta ocultar el duelo o acelerar las pérdidas, el Día de Muertos prevalece como un recordatorio luminoso y sanador. Mientras alguien pronuncie nuestro nombre y nos guarde un lugar en su mesa, la muerte nunca tendrá la última palabra.
Cada pétalo de cempasúchil sobre el suelo, cada taza de chocolate humeante junto a una fotografía y cada cirio encendido en la penumbra de un panteón siguen respondiendo a la misma necesidad humana, que es desafiar el olvido y celebrar a las personas que amamos y ya están en otro plano.






























