Valeria Mesalina fue una de las emperatrices romanas más bellas de la época. Se dice que sus ojos eran negros como las alas de un cuervo, que su piel blanca y tersa como la porcelana. Una mujer de espectaculares movimientos capaces de despertar el deseo de todo aquel que la mirara. Tanto era así, que desde muy temprano ella misma supo cómo sacar partido de su naturaleza para ejercer el poder sobre los hombres.

Si por algo es conocido el nombre de Mesalina, es por ser la esposa del emperador Claudio, una consorte que llegó a desafiar a la prostituta más famosa de Roma a la hora de yacer con hombres en una misma noche, saliendo vencedora de tal propuesta con total disfrute y tranquilidad…

No tardó demasiado en alzarse como símbolo absoluto de la femineidad y la lascivia en la Roma Imperial, coleccionista de amantes y escándalos sexuales, era tal su libertinaje, que probablemente llegaría a hacer sombra al mismísimo Casanova de haber coincidido en el tiempo.

Pero ¿es todo real? ¿Fue auténtica la fama de la emperatriz Mesalina? ¿O se ha enredado quizá demasiado el mito para esculpir en ella atributos algo exagerados y desmedidos?

Mesalina, erotismo y escándalos en la antigua Roma

Mesalina fue la tercera esposa del emperador Claudio. Le dio dos hijos y reinó junto a él influyendo en gran parte de sus decisiones políticas. No era nada ingenua, al contrario. Sabía cómo mover los afilados hilos del tablero político para encontrar el favor de cónsules y senadores, obteniendo con ellos, los objetivos que tenía mente.

Porque hay algo que debemos tener claro. A pesar de que Mesalina tenía raíces imperiales y nobles, su familia estaba en plena decadencia, tanto, que se sospecha que su padre, el cónsul Marco Valerio Mesala Barbado Mesalino, carecía de dinero alguno con el que aspirar a que su hija consiguiera un buen matrimonio.

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Mesalina y el Gladiador, Sorolla

Tal vez por ello ejercitó desde muy temprano sus propias artes con tal de mantenerse, con tal de entrar dentro de la esfera del poder romano. Y lo consiguió de un modo sencillo. Se fijó en Claudio, cuyo sobrino era entonces el emperador de Roma, Calígula. Conquistar a Claudio era tarea fácil, ya que era, por así decirlo, ese pariente «bobo» al que nadie tomaba en cuenta: cojo, tartamudo y con alguna deficiencia física, fue en realidad un blanco fácil para la bella Mesalina.

Y la jugada le salió realmente bien, porque, después que la guardia pretoriana asesinara a Calígula, él era el siguiente en la sucesión. Una figura «aparentemente» fácil de manipular a modo de títere por parte de la guardia; pero, en realidad, y a pesar de la debilidad física de Claudio, fue siempre un hombre tan culto como brillante; un buen estratega que siempre fue amado y respetado por el pueblo.

Aunque no por su esposa, Valeria Mesalina, quién después de haber conseguido lo que deseaba, inició todo un teatro de escándalos y desafíos a la moralidad. Le encantaban los gladiadores. Una de sus mayores pasiones era también pasearse por la Roma más baja y entregarse a hombres de la calle. Aunque tampoco pasó por alto los nombres de grandes dignatarios y políticos de la época. Tal baile de conquistas, traiciones y amoríos tuvieron fatales consecuencias, como la del cónsul Valerio Asiático, quien acabó abriéndose las venas al conocerse su traición para con su esposa y al propio emperador Claudio; o mujeres como la propia sobrina de Mesalina, a quien se la «obligó a suicidarse» por puros celos de la emperatriz.

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Algo terrible, tanto es así que el nombre de Mesalina parece estar grabado en el fuego de la lascivia y la tragedia. Pero, ¿cómo han llegado hasta nosotros todas estas historias? Por dos de sus más clásicos biógrafos: Tácito (55-120) y Suetonio (siglo I), quienes según los historiadores actuales, «novelaron» algo la figura de la emperatriz romana. Ensalzaron a Mesalina, por así decirlo, como símbolo absoluto de la mujer que vive exclusivamente por y para el sexo.

Algo tal vez exagerado, aunque sí que podemos coger como ciertas muchas de las acciones, ésas que son pilares básicos en su historia personal: en el año 48 d.C. Mesalina, se enamoró perdidamente del Cónsul Cayo Silio, un hombre al que se consideraba como el más atractivo del Imperio. Aprovechando que su esposo Claudio estaba fuera, lo arregló todo para casarse con él. ¿Y cómo lo hizo? Mientras Cayo Silio estaba borracho le hizo firmar un contrato de matrimonio. Se quitó «de encima» a la esposa de éste y su propio marido. No dudó tampoco en organizar una ostentosa fiesta donde acudieron senadores e importantes miembros de la sociedad romana.

Fue una ingenua locura, sin duda. Y, obviamente, la afrenta realizada llegó a oídos de Claudio, quien a pesar de haber respetado y callado muchas de las cosas de su libertina esposa, tuvo claro que aquello había llegado demasiado lejos. Y tuvo que hacer lo que muchos le recomendaron: matar al nuevo esposo de Mesalina y castigar a su mujer por aquel desprecio. Porque no solo buscaba con ello el tener al marido más atractivo del Imperio, sino que además, planeaba una conspiración contra él.

Tuvo que condenarla a muerte. El emperador Claudio no tuvo otra opción. Valeria Mesalina fue decapitada cuando aún no había cumplido los 24 años… Su leyenda quedó desde entonces trazada para siempre en la historia y en muchos de nuestros testimonios artísticos, como el que encabeza este artículo. Es una obra del escultor Eugène Cyrille Brunet (1884), titulado, obviamente, «Mesalina»

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Si deseas ampliar más información sobre la emperatriz Mesalina, te recomendamos los siguientes libros:

  • Los Doce Césares, de Suetonio.
  • Los poderes de Venus, de Alicia Misrahi.
  • Placeres reales, de Toti Martínez de Lezea. Editorial Maeva.