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Seguro que te ha pasado alguna vez. Recibir a una visita en casa indeseada, a ese vecino que no soportas pero con quien estás obligado a llevarte bien, o ese familiar que se deja caer por tu salón cuando le apetece sin ser invitado ni esperado. No tenemos más remedio que aguantar fingiendo buena cara aguardando el momento en que por fin, acaben marchándose por la misma puerta por la que han llegado.

Pero lo creas o no, hubo un brillante y excéntrico matemático que un buen día se deshizo de modo efectivo de su visita no deseada del modo más curioso posible. ¿Su nombre? David Hilbert.

Cómo deshacerse de una visita según el matemático David Hilbert

Tal vez te suene el nombre. David Hilbert fue un matemático tan brillante, como humilde a la vez que despistado. Fue a su vez un gran científico que desarrolló multitud de ideas: teoría de invariantes, análisis funcional, axiomatización de la geometría… Fue él quien introdujo también una nueva noción del espacio, e incluso corrigió con éxito alguno de los conceptos de Albert  Einstein sobre la teoría general de la relatividad, sin desear en ningún momento llevarse el mérito o que fuera nombrado en tales apreciaciones. Era simplemente un hombre humilde que vivía para su trabajo. El resto del mundo era una dimensión que no solía tener demasiado en cuenta…

Pero vayamos al tema de la visita. El profesor Hilbert estaba tranquilamente en su casa cuando recibió, cómo no, una visita que no deseaba. Alguien abrió la puerta por él y ya no pudo escapar de ese joven que se presentó lleno de ánimos y energía para verlo. Era un profesor recién llegado a la Universidad de Göttingen, a principios del siglo XX.

El chico no quería perder la oportunidad de conocer al célebre matemático, y por ello había elegido sus mejores galas para visitar al profesor. Cuando lo hicieron entrar a la casa, lo primero que hizo fue colgar su sombrero a la entrada y apresurarse para tomar asiento junto a Hilbert y, simplemente empezar a hablar. Y a hablar…

Poco a poco la conversación se convirtió en un monólogo enfático por parte del joven profesor, momento en que Hilbert decidió que ya tenía suficiente. Que aquello debía terminar. Obviamente cuando uno está en su propia casa siempre cuesta un poco encontrar una excusa para irse, para justificar por ejemplo que llega tarde a algún sitio o que alguien está aguardándole en determinado lugar.

¿Qué hizo David Hilbert entonces? Se levantó, fue a por el sombrero del joven que estaba en la entrada, se lo puso y, simplemente, se acercó para decirle un sonoro «Adiós». Y desapareció por la puerta con el sombrero en la cabeza del molesto profesor.

Efectivo y rotundo. Una anécdota que quedó para siempre sobre este célebre matemático al que se le asocian muchas, más, como aquella vez en que debía asistir a una cena, y antes de salir de casa se puso una corbata muy poco apropiada y llamativa. Ante lo cual, su esposa le indicó con espanto que volviera a su habitación y que se pusiera otra más discreta y apropiada. Pero eso sí, que se apresurara porque llegarían tarde al evento.

¿Y qué hizo el querido profesor Hilbert? Fue a su habitación, se cambió la corbata y, después… se acostó en su cama para dormir.

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