Seguro que a veces te ocurre lo siguiente: tienes a medias un libro, uno de esos libros voluminosos de más de 500 páginas que pesa lo suyo y que aún así, quieres llevarte cada día para seguir leyéndolo mientras vas en metro o bus, de camino al trabajo o la universidad.

¿Cómo lo llevas? ¿En la mochila? ¿O lo trasportas en una bolsita a parte? En la Edad Media lo tenían más fácil, en especial los monjes o los aristrócratas. Usaban lo que se conoce como “libros de cintura o libros-faja”. ¿Qué cómo funcionaban? Muy sencillo, se trataba solo de una encuadernación especial hecha de tela o cuero que terminaba en unas cintas que podían anudarse a modo de original cinturón. Fácil y efectivo.

Te invitamos a conocer más datos de esta original idea del medievo. ¿Nos acompañas?

Libros fáciles de llevar: los libros-faja

Hemos de recordar que en esta época, no eran muchos los que sabían leer o los que tenían a su acceso gran cantidad de libros. Pocos privilegiados contaban con estas “gracias” que hoy, para nosotros, son tan comunes, de ahí que los libros de cintura fueran usados casi en su exclusividad por clérigos y en especial, por mujeres de alto rango dentro de la sociedad. No obstante hay que aclarar un importante aspecto, no se buscaba únicamente el llevarlos de un sitio a otro de forma más cómoda, lo que se buscaba también era “evitar robos”.

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Los libros-faja quedaban bien disimulados en la cintura a modo de bolsa discreta. Ahora bien, en el caso de las damas, muchas solían llevarlos de modo elegante como rasgo no solo de su “alfabetización”, sino también de su posición social.  En el libro publicado en el 2005 por Margit Smith y Jim Bloxam, titulado “The Medieval Girdle Book”, nos hablan de esta curiosa moda, y de cómo este detalle aparecía reflejado en muchos retratos de la época, ahí donde las nobles damas deseaban aparecer con su “libro de cintura” para demostrar que además de ricas y con buena posición, se enorgullecían de su cultura. ¡Y eran muy elegantes!

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Los libros faja tuvieron bastante éxito entre los siglos XIII y XV, pero a partir de entonces y gracias a las imprentas, los libros podían editarse más de una vez, y la encuadernación era también mucho más cómoda. Los libros de cintura eran fáciles de llevar, pero no de leer, al cabo del tiempo y de haber pasado mucho las páginas acaban desencajados y se desprendían de esas telas que los sujetaban. Bajo ellos, solía efectuarse el llamado “nudo turco” que ofrecía cierta elegancia al lucirlo en los ropajes, pero no era especialmente eficaz a la hora de manipular el manuscrito o el volumen en sí.

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Si bien durante un tiempo se intentó mejorar la técnica añadiendo bisagras o cierres metálicos, o incluso pequeñas y delicadas decoraciones que distinguieran el apellido familiar de sus portadores, el uso de los libros “portátiles” quedó reducido para determinados ámbitos como el de la medicina, ahí donde los profesionales podían consultar en un momento dado cualquier referencia. Curioso ¿No es así? Y en cierto modo comprensible, porque tampoco parece especialmente cómodo cargar en la cintura ese libro favorito del que te hablábamos al inicio. ¿Qué opinas? Recuerda, si te ha gustado este artículo descubre también los 10 mejores libros de ciencia-ficción.

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