La Náusea de Jean-Paul Sartre es seguramente una de las obras más representativas del autor, en lo que a literatura se refiere, pues si a filosofía nos vamos tendríamos que comentar, sin duda, El Ser y la Nada. Pero vamos a ubicarnos en contexto: estamos en la Francia de mediados del siglo XX, cuando por las calles se hablaba de los libros de Martin Heidegger, y surgían palabras nuevas a la par que nuevos significados para términos viejos: existencialismo, el vacío, el sentido de la vida, el ser, el ser en sí, el ser para sí, la nada. Una sensación sobre la cual versarían las distintas frases de Jean-Paul Sartre.

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La Náusea
  • Jean-Paul Sartre
  • Editor: Grupo Anaya Publicaciones Generales
  • Edición no. 0 (05/16/2011)

Nacía, a partir del horror que acababa de vivir el mundo durante la Segunda Guerra Mundial, una especie de furor en el mundo, un vacío, una náusea, pese a las esperanzas puestas en cada polo de las dos grandes potencias rivales (EE.UU y la URSS). Una especie de vacío contemporáneo de la existencia, una falta de todo, como si la vida misma fuera un exceso y el tiempo una cuestión inmerecida o innecesaria. Es en este contexto donde emerge La Náusea, como la representación de toda esa crisis identitaria y de sentido, para expresar todo ese desafuero calmo, esa palpitación intensa que nos llevaba a nada, a la nada, a la desnudez de nuestra propia existencia insignificante. En esta ocasión, en Supercurioso nos proponemos profundizar en esta obra para comprender mejor el contexto en el que surgió y cómo influyó en el mismo.

La Náusea de Jean-Paul Sartre

La Náusea de Jean-Paul Sartre es protagonizada por Antoine Roquentin, un muchacho pelirrojo que se considera a sí mismo un tanto desagradable a la vista, y está narrada en primera persona, a modo de diario que se va construyendo día a día. Es un libro para leer con paciencia, pues para atravesarlo tenemos que lidiar con el vacío, la pesadez, y las palabras secas de Roquentin, un muchacho desanimado, que no encuentra su propio sustento, una tierra para arar, un mar para ahogarse.

Es un hombre que parece estar desesperado por comprenderse a sí mismo, pero su desespero es lento: su vida vacua, densa, llena de nada por doquier, sin relaciones personales estables ni duraderas, ni siquiera significativas, de no ser por algunos recuerdos que arrastra y que lo atrapan de repente. Mientras vaga por una ciudad francesa, Roquentin trabaja (inútilmente, casi) en la biografía histórica de un personaje que a veces lo atrapa y otras tanta lo enajena o la hacen sumirse en un olvido. Y otras veces llega La Náusea. La Náusea, La Náusea, La Náusea.

Es un estado mental desgastado, una especie de melancolía de nada, una crisis existencial severa donde nada tiene significado, ni ton ni son, ni Fulano ni Sutano, solo un cielo perpetuamente gris, y ni siquiera en el exterior, lleno de colores pálidos, sino en el mismo techo de la habitación que nos habla, gris, seco, o en lo profundo de nosotros mismos, para decirnos nada, para decirnos que no somos nada, que pensamos y vivimos pero no sabemos por qué pensamos ni vivimos, y que si existimos porque pensamos, incluso si sabemos eso, no podemos saber por qué carajos pensamos, solo, tristemente, que lo hacemos, muchas veces contra nuestra propia voluntad.

La Náusea de Jean-Paul Sartre es, por lo tanto, una oda al existencialismo, y un retrato del estado anímico de una época en la que el mundo (una parte del mundo) se cuestionaba a sí mismo en lo más profundo del ser, en el qué soy, qué somos, qué seremos, qué hemos sido, qué fuimos, qué patrañas es ser. Es en ese contexto en donde cobra su verdadero valor, en una época que creemos olvidada. Y para entenderla, para entendernos a nosotros mismos, es que tenemos que leer La Náusea.  

¿Lo dejamos atrás? La Náusea contemporánea

Pero, ¿realmente es solo el retrato de aquella época? ¿Hemos dejado atrás, superado, La Náusea de Jean-Paul Sartre? ¿Perdió vigencia el existencialismo? ¿Ya resolvimos nuestras dudas con nosotros mismos? Albert Camus diría que sí, o, al menos, que es un absurdo preguntarse por cosas que no están ahí, como el sentido. Pero realmente tendríamos que preguntarnos a nosotros mismos si de verdad La Náusea no es más que un invento pasajero de un personaje de literatura, o si, por otro lado, es algo todavía presente en la actualidad, detrás de los películas con cada vez más efectos especiales, detrás de las series de televisión pomposas o de las fórmulas de Netflix (con el respeto que merece Netflix), si está, pues, ahí todavía. Porque, al final del día, es válido preguntarse por el sentido de la vida, es válido querer cuestionarnos hasta el fondo de nosotros mismos, y más válido todavía es aterrarnos al no conseguir absolutamente nada. 

Tal vez por eso es que La Náusea de Jean-Paul Sartre no se quedó en aquellos años aciagos, sino que sigue vigente en esta época. Tal vez por ese retrato de la realidad interna de los individuos fue que le ofrecieron el premio Nobel a Sartre, y tal vez por ser él mismo la imagen de Roquentin fue que lo rechazó. En todo caso, La Náusea sigue imprimiéndose, y su lectura se sigue recomendando, primero como obra literaria, pero, sobre todo, como un espejo en el que puedes encontrarte a ti mismo. 

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