Minnie Quay tenía quince años cuando se enamoró por primera y última vez. La suya, era una pasión adulta. Como sólo se ama una vez en la vida. Esta historia acontecida en 1876 en un pequeño pueblo de la costa este de Michigan, llamado Forester, es muy conocida por sus habitantes.

Tanto es así, que existe incluso una balada al respecto, y una tradición que alerta a toda joven enamorada: la de no acercarse al la orilla del lago Hurón. De hacerlo, el fantasma de Minnie Quay las llamará desde las profundidades para que la acompañen.

Estamos seguros de que te encantará adentrarte con nosotros en las profundidades de esta leyenda excepcional.

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El amor de Minnie Quay

James y Mary Ann Quay llevaban una vida tranquila en esa localidad costera de Forester. Es un municipio sencillo, y a día de hoy, no tiene excesiva población, lo que hace de este rincón un escenario único para disfrutar de sus excepcionales paisajes en la bahía, y deleitarse, cómo no, de todas estas leyendas locales.

Bahía de Forester
Bahía de Forester

Se dice que el único problema que tenía la familia Quay, era su hija Minnie. Tenía poco más de 15 años y se había enamorado perdidamente de un joven marinero. No conocemos su nombre, pero se sabe que a raíz de las frecuentes ocasiones en que atracaba con su barco y su tripulación en Forester, era casi inevitable que el uno no se fijara en el otro. El suyo fue un amor inmediato, como si sus almas conectaran como conecta la brisa con la superficie del océano, como las olas estallando contra las rocas en una relación eterna que siempre acaba con dolor.

Ahora bien, sus padres vieron con malos ojos aquella relación ya desde el principio. Tanto era así, que se recuerdan los gritos de su madre advirtiéndole de su rechazo a esa relación, o de cómo la encerraba en casa, o de cómo su padre, solía decirle que prefería morir antes que verla en compañía de aquel marino.

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No obstante, el amor auténtico, no conoce barreras ni distancias, y Minnie nunca dudaba en correr al encuentro de su enamorado cuando éste llegaba a Forester. Hasta que la fatalidad, hasta que la tragedia sumida siempre en su abrazo frío, su desesperación y su halo desagradable, alcanzó con fuerza a la joven Minnie.

A sus oídos llegó una noticia horrible. Estaban a principios de la primavera de 1876, cuando en el puerto no se hablaba de otra cosa: el joven marino y su barco se había hundido en los Grandes Lagos de Michigan. No había nada que hacer.

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El desespero fue aún más terrible porque durante la última visita de su amado, el padre de Minnie la encerró bajo llave, y ésta, no pudo ir a despedirlo al puerto como siempre hacía. La joven estaba rota. Y su familia, egoístamente tranquila al conseguir al menos que su niña finalizara una relación que nunca vieron con agrado.

No lo supieron ver. No lo intuyeron. De hecho, nadie pudo prever lo que iba a suceder. Solo unos pocos días después, un 27 de abril, sus padres se fueron de viaje, dejándole un encargo: cuidar del pequeño James, el hermano de Minnie, que aún era solo un bebé.

La joven asintió y aguardó paciente a que sus padres dejaran el pueblo. Después, salió de casa y se dirigió hacia el muelle, hacia el lago Hurón. Allí varios testigos vieron cómo Minnie Quay se arrojaba a las aguas, cayendo al instante a sus profundidades sin que pudieran hacer nada por ella. No lo dudó. La vida no tenía sentido para ella y buscó un rápido final para una realidad que carecía de sentido sin su joven marino.

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A día de hoy, su fantasma vaga por las playas de Forester, llamando la atención de jóvenes muchachas. Las intenta a atraer para que también se quiten la vida, para que se fundan en las aguas y dejen de sufrir por amores imposibles…

Una historia triste imposible de olvidar. Y recuerda, si te ha gustado este artículo descubre también la leyenda de la mujer del cementerio Resurrection.

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