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La mitología japonesa es rica y amplia. Rica, porque contiene un sinfín de historias diferentes sobre seres que van desde inalcanzables dioses hasta simples espíritus en forma de gato o globo. Amplia, porque se basa tanto en el budismo como en el sintoísmo o la religión popular de los campesinos. Muchas de sus leyendas son absolutamente terroríficas, pero otras tienen una gran belleza y servían en la antigüedad para explicar muchos acontecimientos que escapaban de la comprensión humana. Acompáñanos a conocer la leyenda japonesa del sol y la luna que explica por qué no se encuentran jamás.

La leyenda japonesa del sol y la luna

Para adentrarnos dentro de esta leyenda con conocimiento de causa, debemos entender a grandes rasgos cómo funcionaba la mitología japonesa. Los Kotoamatsukami fueron las primeras deidades surgidas en el momento de la creación del universo. Tras estas vinieron las siete generaciones de dioses de la «Era de los dioses». La última generación, la séptima, la formaron una pareja, un dios y una diosa llamados Izanagi no Mikoto e Izanami no Mikoto, cuyos nombres traducidos significan «hombre impetuoso» y «mujer impetuosa». Ellos serían los que crearían el archipiélago de Japón y también los padres de otros dioses.

La leyenda japonesa del sol y la luna que explica por qué no se encuentran jamás

Izanami murió de parto y Izanagi mató a la criatura. Por su acción bajó al inframundo y después de intentar infructuosamente rescatar a su esposa, regresó a la tierra de los vivos. Necesitó una purificación y se acercó al agua para lavarse. Al quitarse la ropa y todo lo que llevaba encima, de cada objeto surgió un dios nuevo y cuando se lavó la cara, ya fue el apoteosis. De su ojo izquierdo se formó Amaterasu que es la encarnación del sol, del derecho Tsukuyomi, de la luna y de su nariz salió Susanoo, el dios de las tormentas. Entre ellos dividió el mundo: a Amaterasu le dio el cielo, a Tsukuyomi la noche y la luna y a Susanoo le entregó los mares.

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Tsukuyomi y Amaterasu son los protagonistas de esta leyenda:

Amaterasu vivía en el cielo y Tsukuyomi subió a través de la escalera celestial y se quedó a vivir con ella. En una ocasión, la diosa envió a su hermano a presentar sus respetos a Uke Mochi, la diosa creadora de la fauna y la flora y de todo aquello que es comestible. Uke Mochi preparó una fiesta en su honor y empezó a expulsar una excelente comida de su nariz y su boca. Tsukuyomi se sintió asqueado y ofendido y la mató. Amaterasu, al enterarse se enfadó tanto que prometió no volver a ver a su hermano. Este es el motivo por el que el sol y la luna nunca se encuentran y alternan su presencia en el cielo.

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Este trágico asesinato, según la mitología japonesa, fue muy beneficioso para los seres humanos, ya que Uke Mochi, una vez difunta no dejó de producir alimentos a destajo. De sus orejas brotó mijo, de sus ojos salió el arroz, de la nariz las judías secas, de su recto la soja, de sus genitales el trigo y de sus cejas los gusanos de seda. Todos estos elementos recogidos y cultivados representaban la vida y la riqueza para los hombres.

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