Lucio Domicio Ahenobarbo, más conocido como Nerón –sobrenombre que adquirió, se especula, debido al oscuro tono de su piel- forma parte inseparable de la lista de célebres villanos de la Historia: acabó con la vida de sus dos esposas y de su madre, y el imaginario popular le sitúa como el responsable del gran incendio de Roma en el año 64, un fuego que tardó nueve días en sofocarse. Y todo esto, antes de cumplir los 32 años; pero ¿hasta qué punto coincide el personaje histórico con la interpretación del desquiciado y caprichoso tirano que Peter Ustinov nos dejó en Quo Vadis?

Nerón, un villano histórico con muchas luces

Los hallazgos arqueológicos descubiertos estos últimos años, junto con las revisiones de textos de la época, nos llevan a cuestionarnos la figura de un Nerón que se nos presenta como la ejemplificación del mal. Para empezar, se sabe que la imagen de Nerón contemplando el arranque del incendio de Roma, al tiempo que declamaba poemas acompañado de su lira, es falsa: la mayor parte de los historiadores están de acuerdo en que el emperador no estaba en la ciudad cuando comenzaron las llamas. Nerón llegó a la ciudad cuando el incendio ya llevaba varios días activo, y no dudó en incorporarse a los trabajos de extinción, que pusieron fin al fuego transcurridos nueve días desde su inicio.

Representación del Gran Incendio de Roma, por Hubert Robert (sobre 1785)
Representación del Gran Incendio de Roma, por Hubert Robert (sobre 1785)

Otra imagen que forma parte de la tradición del personaje es la de Nerón disfrutando de la violencia del circo romano en el Coliseo. Desmontar esta estampa es, si cabe, todavía más sencillo: la construcción del Coliseo Romano se realizó tras su muerte. Vespasiano, su sucesor, fue el responsable de esta faraónica obra, que comenzó su construcción en las postrimerías del año 71 d.C.

Pese a la controversia que rodea a la figura histórica, existe cierta unanimidad de opiniones a la hora de afirmar que sus primeros años como emperador fueron ejemplares. Nerón era un gran deportista, además de un solvente actor y músico, lo que le valía la admiración y simpatía del pueblo. Con 17 años ocupó el trono del imperio más grande de su época, con territorios repartidos a lo largo de tres continentes, y sus primeras decisiones como gobernante fueron consideradas ejemplares por los cronistas de su tiempo. El historiador Andrea Giardina sostiene que si Nerón hubiese fallecido durante aquellos primeros años, hoy estaríamos hablando de él en un tono totalmente diferente. Puede que no nos encontrásemos con uno de los grandes estadistas de la Historia, pero, desde luego, tampoco con el monstruo con el que se le identifica.

La imagen de gobernante cruel y megalómano parece tener uno de sus orígenes en el poco afecto que le profesaba la aristocracia romana, fruto de algunas decisiones tomadas durante los primeros años para reducir los privilegios de éstos. A pesar de la animadversión que despertaba entre las élites, sería absurdo negar que el narcisismo y el desprecio por sus congéneres tiñeron sus últimos años, pero es inevitable que surja la duda de si esta presión pudo influir -y hasta qué punto- en la paulatina degeneración de su carácter.

Nerón ante el cadáver de su madre, Agripina la Menor

Si nos ceñimos estrictamente a su legado como emperadordescubrimos la figura de un hombre culto, preocupado por modernizar Roma a través de la piedra y con gran sensibilidad artística. Su gusto por la poesía, la escultura y la pintura consta en las crónicas, en las que también se recoge su afición por la buena gastronomía y el esparcimiento lúdico, ya que Nerón continuó la tradicional relación de los grandes Césares con el mundo del juego. Su trato con el pueblo fue excelente; para acercarse a él se embarcó en grandes complejos arquitectónicos y faraónicas obras, como un lago artificial, situado en el espacio que hoy separa el Coliseo y el Palatino, donde se celebraban banquetes y espectáculos multitudinarios.

Tras veinte siglos, la tarea de separar ficción y realidad histórica en la vida de Nerón se antoja como imposible. La Historia siempre ofrece el sesgo del triunfador y lo habitual es que se demonice al emperador tras ser depuesto, y no al revés. En el caso de este emperador romano, su historia ha trascendido la condena al olvido a la que sus sucesores sometieron su memoria, aunque sea recordado por la vileza y excentricidad que nos han presentado la literatura y el cine. Para arrojar más luz sobre su figura, quizá te interese leer:

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