Estar cargado de cafeína, ginseng u otros estimulantes es algo bastante habitual entre algunos estudiantes mayores de edad para intentar rendir en época de estudios. Pero, ¿que ocurriría si hubiera una forma mejor y más segura de aprender con mayor rapidez? ¿Y si existiera un dispositivo para pensar para ser más eficaces en el estudio?

¿Quieres aprender más rápido?

Varios científicos de la Universidad de Vanderbilt han demostrado ahora que es posible manipular selectivamente nuestra capacidad de aprender a través de la aplicación de una corriente eléctrica suave al cerebro, y que este efecto se puede mejorar o reducir en función de la dirección de la corriente.

Se cree que la corteza frontal media es la parte del cerebro responsable de la respuesta instintiva que tenemos cuando nos equivocamos . Estudios previos han demostrado que se origina  un aumento de la tensión negativa en esta zona del cerebro en milisegundos cuando una persona comete un error, pero no por qué . Los científicos que realizaron este estudio querían poner a prueba la idea de que esta actividad influye en el aprendizaje, ya que permite al cerebro aprender de nuestros errores.

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Querían probar la siguiente hipótesis: Creían que es posible controlar la respuesta electrofisiológica del cerebro frente a los errores, y que su efecto podría ser regulado intencionalmente hacia arriba o hacia abajo dependiendo de la dirección de una corriente eléctrica aplicada a la misma. Esta bidireccionalidad se había observado antes en estudios con animales, pero no en seres humanos. Además, los investigadores quisieron comprobar cuánto tiempo duraba el efecto y si los resultados podrían generalizarse a otras tareas.

¿Cómo fue el experimento?

La estimulación del cerebro se realizó usando una cinta elástica con dos electrodos realizados con esponjas mojadas en solución salina en la mejilla y en la coronilla. Los investigadores hicieron tres sesiones en las que aplicaron 20 minutos de estimulación transcraneal de corriente directa (tDCS ) para cada sujeto. Estas corrientes son muy leves y viajan desde el electrodo anódico, a través de la piel, los músculos, los huesos y el cerebro, saliendo a través del electrodo catódico correspondiente para completar el circuito. La corriente es tan suave que los sujetos sólo notas unos segundos de hormigueo o picazón en el comienzo de cada sesión de estimulación.

En cada una de las tres sesiones, los sujetos recibieron aleatoriamente una corriente anódica (corriente itinerante  desde el electrodo de la coronilla hasta el de la mejilla ), una catódica (corriente viaja de mejilla a coronar ) o una condición simulada que replica la sensación física de hormigueo debajo de los electrodos sin afectar el cerebro. Los sujetos fueron incapaces de distinguir la diferencia entre las tres condiciones.

Después de 20 minutos de estimulación, a los sujetos se les dio una tarea de aprendizaje que implicó averiguar mediante prueba y error que los botones en un controlador de juegos corresponden a los colores específicos que se muestran en un monitor. La tarea se fue complicando cuando se visualizaba una señal para que el sujeto no respondiera. Para mayor dificultad , tenían menos de un segundo para responder correctamente, proporcionando así muchas oportunidades para cometer errores.

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Los investigadores midieron la actividad eléctrica del cerebro de cada participante. Esto les permitió ver cómo el cerebro cambió a los participantes en el instante preciso en que se cometían errores, y lo más importante, les permitió determinar cómo estas actividades cerebrales cambian bajo la influencia de la estimulación eléctrica.

¿Cuáles fueron los resultados del experimento?

El experimento funcionó en aproximadamente el 75% de los sujetos, que cometieron menos errores y aprendieron de ellos con mayor rapidez. En el estímulo simulado cuando se aplica corriente catódica, los investigadores observaron el resultado opuesto: el pico fue significativamente menor, y los sujetos cometieron más errores y necesitaron más tiempo para aprender la tarea.

Las implicaciones de estos hallazgos se extienden más allá de la posibilidad de mejorar el aprendizaje. También puede tener beneficios clínicos en el tratamiento de enfermedades como la esquizofrenia y el TDAH, que se asocian con déficits de supervisión del rendimiento.

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