Alguna vez, ¿has pensado que damos por sentado que el suelo que pisamos es firme, nuestras manos nos obedecen y las personas que amamos sí son quienes dicen ser?
Lo curioso es que toda nuestra experiencia de la realidad es una interpretación de nuestro cerebro y, cuando los circuitos neuronales que procesan la identidad, el espacio o la propia existencia sufren una interferencia microscópica, ¡el mundo se transforma en un escenario que desafía la lógica!
Por esa razón, en la literatura médica, aparecen patologías o trastornos tan raros que parecen de una novela de terror gótico o de un guion de ciencia ficción, y lo extraño es que son afecciones neuropsiquiátricas demostradas por la ciencia.
Detrás de cada una, hay una arquitectura cerebral que ha «alterado sus cables» y una persona obligada a vivir una realidad que nadie más a su alrededor alcanza a percibir. Sigue leyendo que te contaremos más.
1. El delirio de la no-existencia: síndrome de Cotard
Este cuadro clínico, conocido como delirio de negación también, es una afección neuropsiquiátrica en la que el paciente cree, con convicción, haber muerto o perdido sus órganos internos, o no existir en absoluto.
A nivel neurobiológico, el síndrome de Cotard suele asociarse a una desconexión severa entre las áreas del cerebro encargadas del reconocimiento sensorial, como la corteza temporal y parietal, y el sistema límbico, que es responsable de otorgar carga emocional a lo que percibimos.
Al no existir una respuesta afectiva hacia la propia imagen, las sensaciones corporales y los recuerdos, el cerebro intenta darle una explicación lógica a ese vacío: «si ya no siento nada de lo que me hacía sentir vivo, la única conclusión posible es que estoy muerto»; por ello, quienes lo padecen afirman que su sangre ha dejado de circular, sus órganos se están pudriendo o huelen a carne en descomposición.
Lo peligroso es que esta alteración condiciona, por completo, sus conductas vitales:
- Rechazan cualquier alimento o bebida porque «los cadáveres no comen», lo que causa desnutrición severa si no existe intervención médica urgente.
- Pierden el instinto de autopreservación, descuidan cualquier tratamiento médico para dolencias físicas reales y pueden exigir ser enterrados o trasladados a la morgue.
- Se perciben como sombras atrapadas entre dos mundos, incapaces de conectar con sus seres queridos.
2. La ilusión del impostor: síndrome de Capgras
Este cuadro se caracteriza por la creencia firme y persistente de que una persona de su entorno afectivo, generalmente, la pareja, los padres o un hijo, ha sido reemplazada por un doble o impostor idéntico, un trastorno que se debe a la ruptura de dos vías de procesamiento visual complementarias:
- La vía ventral (reconocimiento consciente): permite procesar los rasgos físicos del rostro y confirmar que «tiene la cara, los ojos y la estatura de mi cónyuge».
- La vía dorsal-límbica (respuesta emocional): conecta el reconocimiento visual con la amígdala para generar la chispa biológica de familiaridad y de afecto.
En el síndrome de Capgras, la primera vía funciona a la perfección, pero la segunda queda interrumpida por daño neurológico, como traumatismos craneoencefálicos, demencia con cuerpos de Lewy o accidentes cerebrovasculares, o por brotes psicóticos.
Al mirar a su ser querido, el paciente no siente absolutamente nada de la calidez habitual, por lo que el cerebro racional intenta resolver esa contradicción, pensando «si es idéntico a mi pareja pero no siento el lazo que nos une, la única respuesta es que se trata de un farsante», lo que afecta al paciente y a su familia:
- Inspecciona, minuciosamente, al supuesto impostor buscando fallas en su disfraz, como maneras de caminar, lunares, ligeras variaciones en la entonación.
- Cree que un desconocido usurpó la vida de su familia y teme por el paradero del familiar original; esto puede derivar en acusaciones violentas, en llamados a la policía o en barricadas en las habitaciones.
3. La distorsión perceptual extrema: síndrome de Alicia en el País de las Maravillas
Este trastorno raro es una alteración sensorial severa conocida clínicamente como metamorfopsia en la que el cerebro pierde, temporalmente, la capacidad de calibrar las proporciones, las distancias y los tamaños relativos tanto del entorno exterior como del propio cuerpo.
Esto se debe a una disfunción transitoria en la corteza parietal posterior y en la unión parieto-occipital, que son las áreas del cerebro encargadas de integrar la información visual con la representación interna de cuánto mide y dónde termina nuestro cuerpo.
Cuando el procesamiento falla, los objetos externos se perciben notablemente más pequeños o gigantescos de lo que son, el entorno parece estar pegado a los ojos o a kilómetros de distancia, y las partes del propio cuerpo crecen sin control o se encogen hasta desaparecer.
Además, quien experimenta este síndrome es plenamente consciente de que lo que ve o siente es imposible, lo que incrementa el desconcierto y la angustia durante los episodios:
- Detenerse por el miedo a caer al vacío cuando un pasillo puede parecer un túnel interminable y estrecho.
- Intentar agarrar un vaso de agua se siente casi imposible porque el objeto parece estar fuera de alcance o ser diminuto como un dedal.
- Mirarse al espejo y pensar que las piernas miden tres metros de largo o el torso se ha reducido al tamaño de una manzana.
4. La extremidad rebelde: síndrome de la mano ajena
El síndrome de la mano ajena (o de la mano alienígena) es un trastorno neurológico en el que una de las manos hace movimientos sin que tú puedas controlarla.
A diferencia de los espasmos involuntarios, de los tics o de los temblores, la mano agarra picaportes, desabrocha camisas, toma cubiertos o apaga interruptores por la desconexión funcional entre las áreas motoras y el cuerpo calloso (el haz de fibras nerviosas que comunica ambos hemisferios cerebrales) o por lesiones del lóbulo frontal medial y de la corteza motora suplementaria.
Al romperse la comunicación interhemisférica o al dañarse los circuitos inhibitorios, la mano sigue ejecutando acciones en respuesta a estímulos visuales o táctiles del entorno; sin embargo, la certeza de «yo decidí mover mi mano» nunca llega a la corteza consciente y la extremidad se mueve sin que puedas controlarla.
Por ejemplo, si la mano voluntaria intenta abrocharse los botones de la chaqueta para salir a la calle, la mano ajena los desabrocha, o, si una mano enciende la televisión, la otra toma el mando y la apaga; también, puede llegar a abofetear el rostro del individuo, a arrojar objetos al suelo o intentar asfixiarlo.
Los pacientes reconocen que la extremidad está unida a su cuerpo y sienten el dolor o el tacto en ella, pero piensan que no les pertenece y tiene vida propia.
5. El mapa corporal truncado: Trastorno de Identidad de la Integridad Corporal (TIIC)
El Trastorno de Identidad de la Integridad Corporal (conocido en neurología moderna como xenomelia) es una condición en la que una persona experimenta el deseo profundo de amputarse una extremidad sana o de adquirir una discapacidad física motora para sentirse completa.
Para el sistema nervioso, esa extremidad es un objeto biológico ajeno adherido al organismo y esto se debe a un fallo en el lóbulo parietal superior derecho. Esta región se encarga de ensamblar el mapa somatosensorial consciente, que es el esquema tridimensional que le dice al cerebro qué partes componen nuestro cuerpo y dónde terminan sus límites.
Aunque las vías sensoriales y motoras de cada extremidad están físicamente intactas (se siente dolor y frío, y se puede mover sin problemas), el cerebro carece del registro neuronal de pertenencia sobre esa zona, por lo que, para él, no existe.
Para calmar la angustia cotidiana, muchos pacientes simulan, en secreto, la amputación deseada, doblando y atando su pierna sana detrás del muslo, caminando con muletas o utilizando sillas de ruedas; sin embargo, algunos llegan al extremo de congelar sus miembros con hielo seco, utilizar armas de fuego o planear accidentes para forzar una intervención quirúrgica de emergencia en un hospital.
Como ves, cuando los circuitos que se encargan de procesar la identidad, el mapa corporal, la dimensión del espacio o la familiaridad sufren una alteración neurobiológica, lo que entendemos como real se altera para siempre y ¡comenzamos a vivir en un universo que nadie más comprende!
Quienes viven con el delirio de Cotard, con la ilusión de Capgras o con la angustia de la xenomelia lidian con un sistema nervioso que ha dejado de interpretar la realidad de una forma que consideramos normal.
La próxima vez que reconozcas el rostro de un ser querido y sientas calidez, muevas tus manos a tu antojo o, simplemente, sientas la certeza absoluta de estar vivo, recuerda que eso es el resultado de miles de millones de neuronas trabajando en una armonía que ni siquiera tú notas.


























