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Con los pies desnudos y curtidos en su tierra de fuego, Abebe Bikila se coronó con el laurel de los vencedores humildes en las Olimpiadas de Roma de 1960. Su proeza fue doble, porque llegó sin ninguna zapatilla de las grandes marcas que enfundaran sus pies de atleta, y porque su presencia en aquellos juegos olímpicos fue casual. Un simple hijo de un cuidador de cabras etíope, que cruzó la meta del Arco de Constantino durante la prueba de la maratón asombrando al mundo entero.

Una hazaña única imposible de olvidar y que, sin duda, merece ser recordada.

El guerrero descalzo que hizo historia

Se llamaba Bikila, y cuando ganó aquellas Olimpiadas no llevaba más que cuatro años dentro del mundo de las maratones. Llegó de casualidad, llevado por un impulso, por un deseo de entrar en contacto con la tierra que lo había visto nacer. Etiopía. Correr se le daba bien, le hacía sentirse libre y, enseguida, como no podía ser de otro modo, llamó la atención de un entrenador deportivo. Onni Niskanen.

Era un diamante en bruto, lo sabían bien, incluso Adidas se fijó en él antes de que ganara el oro en aquellas Olimpiadas, y aunque intentaron que corriera calzado para promocionar la que iba a ser una victoria segura, Bikila se negó. Otro dato interesante es que aquella maratón que le dio la fama, no la hizo precisamente solo… además de los otros atletas, estaba también su hermano, Albalonga Bikila. 

Bikila supercurioso 2

Se decía que los pies de Bikila eran de naturaleza libre. Pero lo que en verdad deseaba el joven atleta era demostrar que la gente de su país disponía de una gran dosis de heroísmo, fuerza y humildad. Él no era capaz de adaptarse a ningún tipo de zapatilla, nada que aprisionara su libertad y su instinto. Lo llamaron, sencillamente, el guerrero descalzo.

Pero su proeza no terminó en Roma, en absoluto, sino que volvió cuatro años después a las siguientes Olimpiadas, las de Tokio. El héroe etíope retornó con energías renovadas tras vivir unos años un poco convulsos en su vida personal: había pasado unas semanas en la cárcel, acusado de haber participado en la preparación de un levantamiento militar. Y solo un mes antes de acudir a Tokio, padeció una seria operación de apendicitis. Pero nada le impidió volver a ganar. Volver a alcanzar la cumbre y la medalla con un nuevo récord en una maratón: 2 horas 12 minutos 11 segundos. ¿Pero lo hizo también descalzo?….

abebe-bikila

No. Sentimos decirte que no fue así. Esta vez no pudo ser. Se lo impidieron por razones económicas, el equipo Olímpico de Etiopía necesitaba dinero y un patrocinador, así que la marca Puma les pagó una alta cantidad de dinero solo con una condición, que el Dios etíope descalzo, calzara esta vez sus zapatillas y su marca.
Bikila se negó durante mucho tiempo. Él se entrenaba descalzo, no quería nada en sus pies libres, pero al final tuvo que ceder, y profanar su propia naturaleza. Su propio instinto. Pero aun así, alcanzó la victoria.

Tras aquel triunfo – pero derrota personal al fin y al cabo- llegaría la fatalidad a su vida. La peor y más cruel de las bromas: un accidente de tráfico lo dejó en silla de ruedas de por vida. Y curiosamente, dicho accidente lo sufrió con el mismo Volkswagen que le habían regalado tras su victoria en Tokio. ¿Pero se rindió este deportista etíope al que de pronto, le habían arrancado las alas de los pies? En absoluto. Bikila, cogió fuerzas de ese espíritu guerrero del que disponía e intentó hacer frente a su situación. Según él mismo decía:

Los hombres de éxito también conocen la tragedia. Fue la voluntad de Dios que yo ganase en los Juegos Olímpicos, y fue la voluntad de Dios que tuviera mi accidente. Acepto esas victorias y acepto esta tragedia. Tengo que aceptar ambas circunstancias como hechos de la vida y vivir feliz.

Abebe Bikila fallecería tempranamente a los 41 años, a raíz de un derrame cerebral, pero su leyenda ya estaba hilada en el Olimpo de los Dioses. De los dioses descalzos y humildes. Descalzo nació en su tierra de fuego, descalzo triunfó… y descalzo se fue al otro mundo dejándonos su estela y sus ansias por vivir.

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