¿Qué hay más sorprendente que el hecho de que un hombre estafara a un grupo de empresarios con una falsa venta de la torre Eiffel? Que esa persona perpetrara el mismo engaño dos veces… y con un mes de diferencia.

Te contamos en Supercurioso cómo labró su nombre Víctor Lustig, un estafador de la primera mitad del siglo XX que se atrevió a defraudar al mismísimo Al Capone y que se suma a otros estafadores legendarios como Karl Gerhartsreiter.

Primeros pinitos

La artimaña de la torre Eiffel no fue producto de la casualidad o una mancha en su currículum. Este timador, nacido en 1890 en Hostinné (en lo que hoy es la República Checa), puso su encanto y locuacidad al servicio de la estafa desde bien joven.

Victor Lustig

Sus primeros “trabajos” fueron en los transatlánticos que unían Nueva York con París, donde se dedicaba a embaucar a los pasajeros con su “máquina de hacer dinero”, como cuenta Wikipedia en su biografía.

“Lustig enseñaba a sus clientes su máquina, una pequeña caja en la que previamente había introducido tres billetes auténticos de 100 dólares, y demostraba cómo era capaz de «copiar» un billete, aunque -se lamentaba- que para ello se necesitaran seis horas. El cliente, pensando que esto le daría grandes ganancias, compraba la máquina a un precio alto, normalmente más de 30.000 dólares. Durante las siguientes doce horas, la máquina producía en efecto otros dos billetes de 100 dólares. Pero después ya sólo salía papel en blanco”.

Transatlántico

Cuando la víctima se percataba del engaño, Lustig ya había volado de allí con el dinero.

Chatarra parisina

En 1925, Lustig vuelve a París y prepara un nuevo y colosal golpe después de leer en la prensa de la época lo costoso que resultaba a la ciudad mantener la torre Eiffel. Se le encendió la bombilla.

Quizá hoy nos parezca ridículo, pero en aquellos momentos existía un fuerte rechazo al monumento. Inicialmente fue diseñado para la Exposición Universal de 1889 y debía desmontarse después, y un sector de la sociedad parisina no entendía el sentido estético de una amalgama de hierro entre los edificios clásicos de la ciudad. Hablando de París, también puedes conocer otras curiosidades de la ciudad del amor.

Exposición Universal 1889

Con esta base cierta, nuestro protagonista se hace pasar por un empleado gubernamental e invita a varios chatarreros de la zona a una reunión en el lujoso Hotel de Crillón (la ostentación siempre impresiona más en los engaños), donde les explicó que el gobierno municipal iba a desmantelar la torre Eiffel y venderla por piezas.

Eso sí, para evitar ser descubierto, les rogó discreción, ya que supuestamente era un asunto secreto en la ciudad, no sin antes hacer una ruta con sus “clientes” por el monumento para ver in situ el lamentable estado de la construcción. Los llevó, para seguir en su línea, en limusina, claro.

Estafa sobre estafa

Echa la propuesta, Lustig admitió ofertas a sobre cerrado. Sin embargo, la argucia del estafador iba más allá y ya tenía señalada su víctima perfecta: el empresario André Poisson, ya que le pareció lo suficientemente ingenuo y ávido de triunfar como para caer en la trampa.

Así, Lustig no sólo se garantizó el éxito de su engaño y el ingreso de 250.000 francos por la supuesta venta de la torre, sino que además giró la tuerca un poco más, pidiéndole al chatarrero un soborno para que fuera él el elegido.

Evolución Torre Eiffel

Cuando Poisson se dio cuenta de toda la argucia, su propia vergüenza y el miedo a una condena por soborno lo mantuvieron callado sobre el asunto, permitiendo al estafador huir a Viena mientras saboreaba su victoria.

A poco le debió saber su éxito, porque un mes más tarde, Lustig volvió a París con la intención de repetir la jugada. Ya tenía de nuevo un puñado de compradores, pero uno acudió a la Policía antes de finalizar el trato, echando por tierra el plan.

No obstante, nuestro protagonista consiguió huir también de ésta y siguió con sus estratagemas en el nuevo continente, aumentando el número y diversidad de sus estafas.

¿Y a ti? ¿Alguna vez te han timado? ¡Cuéntanoslo!