¿Has escuchado alguna vez la expresión “el poder del pensamiento”? ¿Que antes de que hagamos algo primero lo pensamos? ¿O en la religión católica, por ejemplo, la jaculatoria de “en pensamientos, palabras y obras”? En cualquier proceso, el pensar siempre es el primer paso. ¿Ocurre también en nuestra salud? ¿En realidad los pensamientos pueden influir en nosotros?

¿Cómo influyen en nuestro estado de ánimo o en la autoestima?

La autoestima es la interpretación o valoración que hacemos de nosotros mismos, es la capacidad de amarnos, apreciarnos, valorarnos y aceptarnos tal como somos. En ese sentido, cuando tenemos pensamientos negativos sobre nuestras capacidades estamos alimentando situaciones innecesarias de estrés, ansiedad y sufrimiento, influyendo directamente en nuestro estado de ánimo. El estado de ánimo depende de la lectura que hacemos del ambiente que nos rodea. No hay nada malo o bueno en sí mismo, es nuestra percepción de los hechos lo que determina cómo nos sintamos. Y la percepción viene dada, en gran parte, por nuestros pensamientos.

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Por ejemplo, si se acerca un importante examen en la universidad o una entrevista de trabajo o una evaluación laboral, y sientes mucha inseguridad al respecto, los niveles de estrés que vas a sentir se multiplicarán exponencialmente. Si piensas: “No estoy preparada/o, no creo que me vayan a tomar en cuenta, no soy suficiente para este cargo”, etc., en realidad no es el examen o la entrevista o la evaluación lo que nos pone mal, es lo que estamos pensando acerca de eso lo que nos llena de dolor.

pensamientos negativos

Claro que hay situaciones extremas, como la pérdida de un ser querido, una separación, una enfermedad, una mala racha económica. Sin embargo, más allá del hecho, cuando le damos mucha fuerza a los aspectos negativos y nuestros pensamientos se tornan “negros”, comenzamos a sentirnos peor de lo que deberíamos.

Y nuestra salud, en términos generales, comienza a resentirse.

¿Cómo influyen los pensamientos en la salud?

Los pensamientos, como hemos visto, tienen una gran influencia en cómo nos sentimos. Existe una estrecha y evidente relación entre el cuerpo y la mente, estudiada por la psiconeuroinmunología, una disciplina relativamente nueva que analiza las interrelaciones entre los pensamientos y el organismo desde una perspectiva plural -desde diversas ramas relacionadas con la salud como la psicología, la medicina del comportamiento, la biología molecular, la endocrinología, la inmunología, la neurociencia y la reumatología-.

La psiconeuroinmunología pone de manifiesto la influencia de factores psicosociales en la respuesta inmunológica, es decir, en la capacidad que tiene nuestro organismo de defenderse. En este sentido, un pensamiento negativo es un ataque frontal a nuestro sistema inmune.

El doctor Mario Alonso Puig, de Madrid, nos dice con mejores palabras:

“Hoy sabemos que la confianza en uno mismo, el entusiasmo y la ilusión tienen la capacidad de favorecer las funciones superiores del cerebro. La zona prefrontal del cerebro, el lugar donde tiene lugar el pensamiento más avanzado, donde se inventa nuestro futuro, donde valoramos alternativas y estrategias para solucionar los problemas y tomar decisiones, está tremendamente influida por el sistema límbico, que es nuestro cerebro emocional”.

Imagínate: este doctor dice que un minuto entretenidos en un pensamiento negativo deja al sistema inmune debilitado por seis horas. La sensación de agobio permanente puede producir cambios sorpresivos en nuestro cerebro y hormonas, cambios que van desde lesiones en las neuronas de la memoria y del aprendizaje hasta afectar nuestra capacidad intelectual, produciendo también ciertas enfermedades del sistema nervioso, digestivo, cardiovascular…

El malhumor, la tristeza, el estrés tienen la particularidad de hacer que nuestro cerebro “piense” que lo que sentimos es totalmente real, cuando no es más que nuestra percepción, nuestro pensamiento. Creamos nuestro dolor. Desde un punto de vista fisiológico, el pensamiento negativo libera toxinas que nos envenenan, que nos enferman.

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Sin embargo, los buenos pensamientos tienen exactamente el efecto contrario: si pensamos bien se liberan endorfinas que nos hacen sentir mejor.

Santiago Ramón y Cajal dijo: “Todo ser humano, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”. A la luz de estos conocimientos ya no es sólo una hermosa metáfora.

¿Cómo pensar “bien”?

Este proceso es algo difícil, requiere de cambios profundos en nuestra manera de percibir el mundo. Un primer paso es tomar conciencia de nuestros pensamientos y de la influencia que éstos ejercen sobre nuestro ánimo. El siguiente paso es reemplazar los pensamientos negativos por positivos.

¿Cómo tomar conciencia? La mayor parte de lo que pensamos es automático, por eso muchas veces ni nos damos cuenta. Resulta particularmente difícil cuando pasamos por un mal momento.

¿Quieres aprender? Haz este simple ejercicio: cuando te sientas mal, ansioso, con estrés u otra emoción “negativa”, apunta en una hoja todos los pensamientos que te vienen a la cabeza, como una suerte de escritura automática. Repite el ejercicio todas las veces que hagan falta, por una semana, un mes, tú verás, hasta que consigas ser más consciente de tus pensamientos.

Por ejemplo, ante un examen: “No voy a poder contestar porque me voy a bloquear”, “la página estará en blanco porque no recordaré nada”, pensar así aumentará las posibilidades de que efectivamente no recuerdes nada.

buenos pensamientos

Una vez seas consciente de tus pensamientos, te será posible reemplazar los negativos en positivos.

Requieres de otro ejercicio igual de sencillo que el anterior, y es darle la vuelta al pensamiento, cambiar las palabras, eliminar el “no puedo” por el “quiero” y “soy capaz”.

jaula del pensamiento

Cambiar de pensamientos requiere también de voluntad, de querer “curarse”, de abandonar viejos esquemas. Casi siempre la solución está en nuestras manos. O en nuestros pensamientos. ¿Tú qué crees?

Puedes leer nuestro artículo Escribir sobre un trauma mejora el ánimo, que es otro ejercicio muy bueno.