Seguro que te ha llamado alguna vez la atención, esas noches de verano en las que abres una ventana o la puerta de una terraza esperando disfrutar de un poco de brisa y, de pronto, empiezas a escuchar un extraño carraspeo alrededor de la luz de tu salón… ahí están las polillas abriendo sus extrañas alas grises volando hipnóticamente en círculos, insectos varios quemándose a instantes enloquecidos por buscar la cercanía de la luz… pero ¿por qué, a qué se debe esa fascinación mortal de los insectos por nuestras lámparas y bombillas luminescentes?

Hay algo de trágico y singular en ese comportamiento de estos pequeños insectos que siempre nos extraña, de ahí que queramos desvelarte hoy la razón de este comportamiento.

La Luna, guía eterna.

En efecto. Habitualmente los insectos que son nocturnos, como por ejemplo las polillas, tienen en las luces que ven en la noche sus guías principales para reorientar su vida y su comportamiento. La Luna es sin duda esa bella referencia que centraliza sus existencias en ese mundo nocturno, es un punto de referencia mediante la cual orientarse adecuadamente en sus quehaceres, marcando las distancias y  guiándoles en lo que está arriba y lo que está abajo. Son animales lucífugos, es decir, se rigen en unos movimientos automáticos dependientes de la luz. Pongamos un ejemplo opuesto: las cucarachas, incómodas criaturas que tienen una fototaxis negativa, ellas, cuando sienten que cae sobre sus exoesqueletos el más mínimo rayo de luz, corren espantadas cual almas vampíricas en busca de la penumbra y la oscuridad que les proporciona cualquier grieta o cualquier alcantarilla tenebrosa.

En cambio las polillas se caracterizan por una fototaxis positiva, su sencilla vida se rige por la luz del firmamento estrellado donde la Luna, es esa guía absoluta en sus movimientos migratorios para reproducirse y progresar como especie, cuanto más alto vuelan menos probable será que las atrape un depredador, pero si se encuentran por casualidad con una casa en la que penden llamativas luces, no podrán evitar lanzarse a por ellas…

Otro aspecto interesante es el modo en que la luz incide en sus ojos, si lo hace en ambos por igual, como es el caso de una fuente distante como la Luna, entonces vuelan en línea recta sin problema alguno, pero si la fatalidad hace que de pronto caiga una luminescencia de forma más intensa en uno de sus ojos, entonces el ala de ese lado tenderá a agitarse mucho más rápido y de modo inestable. Las pobres acaban volando en círculos hasta morir de estrés, un final trágico que estamos acostumbrados a presenciar en esas noches de verano en las que nuestras luces artificiales, son confundidas por pequeñas lunas para estos desgraciados insectos nocturnos…

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