Puede que el nombre de Wim Klein no te diga mucho, pero basta con darte una pista sobre lo que este hombre supuso para el campo de la ciencia y las matemáticas. Estábamos en 1958, una época en la cual aún no disponíamos de los ordenadores tan sumamente potentes y versátiles de hoy en día.

En el CERN (Centro europeo para la investigación nuclear), eran decisivas ciertas fórmulas. Calcular ciertos conceptos con los cuales progresar en los trabajos. De ahí que se valieran de ese otro recurso tan valioso: el cerebro humano. Pero eso sí, debía ser un cerebro notablemente privilegiado. Uno bien especial capaz de ejecutar complejísismas fórmulas en pocos segundos. Fue entonces, cuando el CERN recibió la visita de un auténtico computador humano: Wim Klein

El primer ordenador holandés del CERN

Hablemos durante un momento de física cuántica, de esa dimensión compleja pero tan fascinante a la vez. Pensemos por ejemplo, en un electrón cualquiera suspendido en su singular mundo subatómico. En un momento dado aparece un fotón a lo lejos, dos partículas que avanzan en su interesante trayectoria espacio-tiempo interaccionando, chocando, cambiando de velocidad, alejándose y volviéndose a encontrar de nuevo.

Un proceso interminable lleno de misterios para el hombre, construyendo lo que conocemos como las Leyes de Electrodinámica cuántica. Pero ¿cómo predecir esos movimientos? ¿esas interacciones? El mundo de las matemáticas se llena entonces de complejas fórmulas con los que reproducir la actividad de los escurridizos fenómenos cuánticos. Pero estamos en 1958 y no, no hay máquinas tan hábiles todavía para conseguir estos datos.  Fue entonces cuando entró al programa un holandés de origen judío llamado Wilem Klein.

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Hijo de un médico judío, Klein fue desde bien pequeño todo un prodigio en las matemáticas. Ya con 14 años memorizó las tablas de logaritmos, siendo al poco, la segunda persona en el mundo capaz de memorizar las 150 primeras de dichas famosas tablas. Pero a Wim, no le iba demasiado el mundo académico, intentó estudiar medicina para seguir la tradición familiar, pero le fue imposible y terminó dejándolo por su pasión artística, por la música y por los espectáculos callejeros donde se ganaba fácilmente la vida con sus dotes matemáticas. Impresionando a la gente con hábiles cálculos.

Después de la Segunda Guerra Mundial llegó esa época en que la ciencia despegó con notable fuerza. Era ese momento clave en nuestra historia, cuando se iniciaron numerosos experimentos, donde se abrieron nuevos campos de interés donde se necesitaban hombres con grandes virtudes académicas, científicas o matemáticas. El Instituto de Matemáticas de Amsterdam, por ejemplo, no tardó demasiado en oír hablar de un joven que daba espectáculos callejeros demostrando sus increíbles aptitudes en cálculo. Tras hacerle unas pequeñas pruebas, quedaron admirados.

En 1958 pasaría a formar parte de la División Teórica del CERN, ahí donde Wim se convirtió en el recurso habitual e indispensable para aquellas complejas fórmulas que los físicos de partículas necesitaban realizar. No tardaron en llamarlo el “ordenador humano”. De hecho, el  27 de agosto de 1976 Wim Kleim entró en el Libro Guiness de los Récords al calcular la raíz 73ª de un número de 500 dígitos en tan solo 2 minutos y 43 segundos.

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Pero como ya te puedes imaginar, a pesar de que Wim Kleim estuvo 18 años en el CERN a cada año que pasaba la tecnología mejoraba, y con ello, su habilidad era cada vez menos necesaria para las investigaciones. Las máquinas sustituyeron al mejor ordenador humano de la historia, hasta que llegado el 1 de agosto de 1986 -cuando hacía ya 10 años que había dejado el CERN- Willem Klein fue cruelmente asesinado en su casa de Amsterdam.

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Alguien lo acuchilló hasta la muerte sin que nunca se supiese quien fue el autor o la razón de tal brutal final para un hombre, que dio todo su talento para el mundo de la ciencia, hasta que la propia ciencia lo acabó sustituyendo para dejarlo nuevamente, en el mundo del espectáculo. Ahí donde exhibir su don.

Si te ha gustado esta historia, descubre también la vida de otro hombre brillante que también sufrió un desgraciado final: William James Sidis, el hombre más inteligente y el más triste.

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Imagen: stuartpilbrowSascha Grantbasilio noris

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