Hay muchas formas de deshonrar a nuestros enemigos aún después de muertos. Dentro de las culturas más tradicionales bastaba, por ejemplo, con evitarles un enterramiento adecuado, con impedir que sus restos descansaran en la tierra que les era sagrada.

Si nos vamos a las siempre interesantes culturas amazónicas nos encontraremos con unas prácticas tan singulares como impresionantes. Estamos hablando sin lugar a dudas de los Shuar, una de las más populosas en las selvas y quienes desde tiempos remotos practicaban lo que se conoce como Tzantza, es decir, la reducción de cabezas.

Estamos seguros de que el tema te va a interesar. Hoy en Supercurioso nos adentramos en estas costumbres tan oscuras y singulares dentro de la antropología de la selva amazónica.

Tzantza, un ritual de protección

Empezaremos revelándote algo importante. Para los Shuar no existe sólo un alma, sino tres.

Tzantzas cabezas (Copy)

  • El Wakani: el alma que sobrevive tras la muerte, muy parecida a la nuestra.
  • El Arutam: la propia esencia de la vida, esa que perdemos cuando nos asalta la muerte de la forma que sea.
  • El Muisak un alma vengadora capaz de adquirir fuerza y poder tras ver como su Arutam ha caído. Emerge tras el fallecimiento de la persona, y lo hace con especial rabia si la muerte ha sido traumática.

Los Shuar buscaban ante todo protegerse de esta última entidad. Cuando daban muerte a un enemigo era conveniente realizar el ritual del Tzantza, para evitar así, la venganza del Muisak, y a su vez, disponer de un «trofeo del terror». Es decir,  un símbolo capaz de infundir el pánico a otros enemigos. ¿Qué mejor entonces que una cabeza reducida?

¿Cómo se lleva a cabo el Tzantza?

Es un ritual tan laborioso como complejo. Cuando un Shuar daba muerte a su enemigo, se procedía, como puedes imaginar, a cortar la cabeza de la víctima.

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Era necesario en primer lugar practicar un corte detrás de la nuca, para así facilitar la completa separación de la cabeza y poder reservar únicamente el cráneo.

  • Se desechaba el cerebro y el resto de estructuras blandas y sobrantes, para quedarse con la piel, la cual, se colocaba en una especie de piedra o roca para poder mantener la forma original de la cabeza en la medida de lo posible.
  • Se colocaban semillas bajo los párpados.
  • Se procedía a coser la boca.
  • ¿Siguiente paso? Sencillo: cocer la cabeza en un agua enriquecida con distintos tipos de hierbas, junto con una piedra ardiente para que la cabeza no perdiera la forma en ningún momento. Se dice también que estas hierbas «especiales» hacían que el cabello quedara bien fijado y no se perdiera. Esto le ofrecía una gran identidad al resultado final, a la cabeza del enemigo.
  • El proceso de cocción terminaba con la reducción de la cabeza. Una vez seca, debía darse la vuelta a la piel para eliminar todo rastro de carne que pudiera desencadenar la descomposición de la misma.
  • Los labios se secaban con un cuchillo a fuego, y después, se anudaban unas cuerdas en la boca (podemos verlo en las imágenes que ilustran el artículo).
  • La  piel se teñía con ceniza de carbón, y se añadían granos decorativos

De este modo, el espíritu vengativo de esa persona quedaba atrapado, humillado y encerrado de por vida. Un proceso tan desagradable como clásico dentro de esta cultura amazónica.

Cabe decir que si bien es cierto que esta práctica ya no se lleva a cabo, hasta no hace mucho existían auténticos buscadores de «cabezas reducidas». ¿La razón? En Europa se pagaban altas cantidades de dinero por parte de coleccionistas que ansiaban tener un trofeo tan inquietante en sus casas.

¿Te gustaría tener a ti una cabeza reducida en casa? Mientras nos dejas tu respuesta te invitamos a conocer también las asombrosas momias del Doctor Gottfried Knoche

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